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martes, 13 de septiembre de 2011

Eustaquio Pellicer, el olvidado creador de Caras y Caretas


(Por Oscar Vázquez Lucio*) Hay un antes y un después en el humor gráfico argentino con la aparición del primer número de la revista Caras y Caretas el 8 de octubre de 1898. Y sin embargo, inexplicablemente, el nombre de su creador, Eustaquio Pellicer, quedó tan desdibujado en los registros históricos que aún hoy muchos suelen atribuir esa condición a José S. Álvarez ("Fray Mocho").

Y probablemente nada se recordaría del protagonismo de Pellicer sin el tesón que llevó a su nieta María Josefa Pellicer de Terradas a luchar por el rescate de la memoria de su abuelo, especialmente a través de la sección cartas de lectores de los medios gráficos.

Pellicer marcaría un segundo hito el 24 de septiembre de 1904 con la fundación de la revista PBT. En ambos casos, sus creaciones lo trascendieron, a través de sucesivos relanzamientos: hubo una segunda época de PBT y tres de Caras y Caretas (1952, 1982, 2008).

Nacido en Burgos, España, el 3 de septiembre de 1859, Pellicer inició tempranamente su labor periodística volcada al humor: a los 15 años publicó un periodiquito titulado Don Javier, reincidiendo más tarde en La Broma y El Pabellón Nacional.

Los uruguayos también disfrutaron su estilo renovador. En Montevideo probó con La Pellicerina y en 1890 alumbró Caras y Caretas, una suerte de pre-época del fenómeno que ocho años después iba a liderar en la Argentina.

Pellicer desembarcó en Buenos Aires el 20 de julio de 1892. Invitado por su gran amigo Bartolomé Mitre y Vedia –hijo del general y ex presidente Bartolomé Mitre–, comenzó a colaborar en La Nación. Al parecer el fundador del diario no veía con buenos ojos algunas "amistades" del díscolo "Bartolito" y Pellicer fue enviado, un año y medio después, como corresponsal a Madrid.

Pero si en Buenos Aires Pellicer tenía nostalgias de español, en España extrañaba el ambiente porteño, la familiaridad criolla, la sociedad de los amigos, así que emprendió el regreso con la firme idea de reanudar la aventura gráfica de Montevideo. Se abstuvo de ejercer la dirección de Caras y Caretas, debido a problemas de política internacional (la no aceptación de la independencia de Cuba por parte de España, con el consecuente estallido de la guerra, generó un ambiente de poca simpatía a los hispanos en esta parte del continente y eso desaconsejaba su presencia a la cabeza de un proyecto que tenía, también, una fuerte apuesta comercial).

Pellicer había acordado con su amigo Mitre que éste figurara como director del nuevo semanario. De hecho, circulaba el prospecto de Caras y Caretas con el mensaje del que sería su director, cuando "Bartolito" se bajó del barco. Según algunos por propia determinación, según otros a instancias paternas, ya que Bartolomé Mitre no quería ver su apellido mezclado en algo destinado a satirizar jocosamente a sus adversarios políticos. La dirección recayó entonces en José S. Álvarez, "Fray Mocho".

Limitándose a figurar como redactor de la revista que había creado, Pellicer entretuvo semana a semana a un creciente público lector, a través de "Sinfonía", aguda sección donde podían leerse textos como éste, del 11 de agosto de 1900:

"Vive uno en la mayor ignorancia de los peligros que lo rodean, y si no fuese por los periódicos, que todo lo averiguan y de todo nos precaven, no sabemos lo que sería de nosotros. (...) Porque ahora resulta que hay seis mil anarquistas en el país –según la cuenta de los que se han puesto en su busca para sumarlos– deduciéndose de esto que una gran parte de las personas con quienes alternamos, creyéndolas pacíficas, están afiliadas a esa peligrosa secta. (...) Se explica la desconfianza con que hoy se mira la gente, y el recelo con que se estrechan la mano los que por primera vez se saludan…".

El doctor Manuel María Oliver recordaría su propia participación en el segundo número de Caras y Caretas y las palabras de Pellicer debido a que en el artículo "había extendido las alas en la literatura de vuelo":

–No escribas en serio; ustedes, los argentinos, fruncen el ceño y se arrugan desde temprano. Por eso aparecen tan graves y con aspecto de enterradores. ¡Ea! ¡Sacude tus cascabeles!...

Como autor dramático, Pellicer dio también obras a la escena; de una de ellas, estrenada en Madrid por Julio Ruiz y Galé, se complacía en decir que faltó poco para que lo llevasen a él a la cárcel –Leoncio Lasso de la Vega atribuyó dicho fracaso "tan sólo a ciertos excesos, que el público meticuloso desautorizó, y no precisamente por falta de sal, sino por sobra de pimienta–; sin embargo Pellicer obtuvo éxito con Sangre blanca en la Alhambra de Madrid, y El gran estereóscopo, en la Zarzuela de Buenos Aires.

Lasso de la Vega certificó algo que se trató de desvirtuar con el correr del tiempo, tras el alejamiento de Pellicer de la revista que había fundado: "En la trinidad que hoy le dirige –escribió en 1899 el destacado redactor de Caras y Caretas–, Álvarez, Pellicer y Mayol, tres personas distintas y una sola revista verdadera, resulta, pues, que Pellicer es el Padre".

Pellicer se retiró de la revista el 31 de julio de 1903 –veintitrés días antes de la muerte de José S. Álvarez– y fundó al año siguiente PBT.

Además de ocuparse personalmente de las Charlas del PBT –que firmaba precisamente con el seudónimo de PBT– y los versos de De mi Guignol, Pellicer daba los temas de las carátulas y otras caricaturas, impartiendo también las líneas generales de la revista, hasta que su salud precaria lo determinó a abandonar tan agotadora tarea en octubre de 1909, iniciando una explotación granjera en Vilela, provincia de Buenos Aires, aunque sin desligarse totalmente de la actividad periodística. Años después se comentaría desde las mismas páginas de PBT las características de esa desvinculación parcial –ya que se reintegró en junio de 1915, aunque sólo alcanzó a permanecer unos meses– del fundador:

"PBT es obra, creación, hijo de Pellicer; y es necesario ser periodista para hacerse cargo de cuál es el afecto por estos hijos y cuál es el lugar que ocupan en el corazón. Hay una parte de nosotros mismos –¿por qué no decir lo mejor de nosotros?– palpitando en ellos… Y el hecho es que aun al otro día volvió Pellicer a dar una vueltita por la casa. Y sólo por etiqueta profesional no volvió todos los días. ¡No fuera a herir la ‘susceptibilidad’ de los muchachos, que suele ser la más arisca! Pero no pudo dejar de hacernos una recomendación:

–Ya saben cuál es el número de mi teléfono. (y nos repitió cuál era)…".

El hombre que vino a América "para hacer fortuna en el comercio" –según solía decir– y comenzó instalando en Montevideo un negocio de zapatería, falleció el 23 de diciembre de 1937 –diecinueve años y nueve meses después que su revista PBT–, reconocido como el más alegre y el menos amargo de todos los humoristas españoles que habían venido a Buenos Aires a fines del siglo XIX.

Tras su fallecimiento, Miguel Gómez Bao –ya consagrado a la actividad actoral– evocaría a Pellicer, a quien llegó a secundar en PBT como secretario de redacción: "En vano pretendía don Eustaquio disimular con su ingenio inagotable la ternura y la bondad que llevaba dentro. Estos sentimientos luchaban y vencían siempre con la modalidad humorística de su inteligencia. Sabido es que el humorismo, para manifestarse, necesita víctimas. En su trato personal, don Eustaquio Pellicer procedía al revés de los humoristas profesionales. Incapaz de herir a nadie en su presencia, cuando se veía obligado a elegir alguna víctima para dar rienda suelta a su ingenio, se elegía a sí mismo. Y se castigaba sin piedad, con la misma impiedad que los demás humoristas suelen aplicar al prójimo".

*Publicado en El Argentino (www.elargentino.com)

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